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La verdad es una de las herramientas más contundentes para caer en razón. A “la verdad” no se le puede cuestionar. Es absoluta, es cruda y a veces duele. El tiempo pasa muy rápido y estamos creciendo a la par. Esa es una verdad muy conocida pero muy poco explorada. Las causas y consecuencias del tiempo que pasa entre nuestras manos sin siquiera darnos cuenta, son muy cercanas a nosotros mismos. Todas esas acciones, que en realidad son nuestras rutinas, trabajos y pensamientos, nos transforman y nos llenan de capas que cargamos y que vestimos diariamente para sentirnos capaces para las responsabilidades y situaciones que nos ha otorgado EL TIEMPO.

Uno sueña con crecer y ser autosuficiente. Eso esta muy bien. Sentirnos útiles en nuestro entorno es el verdadero empoderamiento. Yo llegué a confundir el poder con la edad o con el trabajo, con la máscara de “adulto” que me colocaba para sentir que no se me estaba yendo el tiempo.

Un día tomé la maleta con la que viajaba y con mucho nerviosismo comencé a desempacar. Por lo menos un día tenía que hacer el intento de “viajar ligero” y reconstruir algunas partes del camino recorrido. A un lado las máscaras y las cargas con las que viajaba, reconocí que soy un adulto con mucho miedo, que no tengo todas las respuestas, que no soy tan valiente o tan experimentado como tal vez deberia de serlo para mi edad. Si acaso volvía a cerrar la maleta para emprender un nuevo viaje, definitivamente no quería cargar más con ese peso. Cargar con esa máscara era muy pesado y requería demasiado mantenimiento. Nuestro concepto de “ser adulto” era una construcción casi imposible de mantener con sanidad y me di cuenta que había muchos que estaban dispuestos a pagar ese precio, que incluso se encarece con los años que vamos alcanzando.

Cuando crecemos, nos vamos llenando de cargas, máscaras, expectativas o como quieras llamarles. Más allá del efecto que esto causa en nuestro crecimiento, están las consecuencias en nuestro desenvolvimiento como hermanos, como compañeros de cualquier entorno.
Nuestro origen como humanos es frágil, sensible. A través de nuestra historia nos hemos empeñado en endurecer el carácter y enfríar las emociones como resultado de la madurez o la fortaleza.
Desconocer la fragilidad en nuestros corazones es la verdadera carga de la que padecemos.

Abrazar la fragilidad que naturalmente nos llama es el combustible para conectarnos con nuestro entorno real y verdadero: un mundo agobiado por la rutina, cansado de luchar contra nosotros mismos, tristemente separados por la indiferencia y el miedo de ser vulnerables…

La fragilidad es el superpoder contra todas las máscaras. Irónicamente es la fuerza que necesitamos al crecer para conectarnos con el mundo y ahora más que nunca practicar la compasión con todo nuestro tiempo, todas nuestras ganas y todos los roles que desempeñamos como adultos.

Practicar la compasión puede sonar como una idea muy cursi e idealizada, sin embargo, creo que esto es algo que le va muy bien a aquellos con suficiente tiempo de vuelo. Se requiere de madurez, sensibilidad y experiencia para luchar por todas las causas que compartimos en este mundo y dejar atrás la indiferencia que solo nos causa soledad y tristeza.

Reconstruye y resignifica. Aliviana la carga y vuela.

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