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En la víspera de año nuevo, en medio de buenas intenciones y sueños a punto de convertirse en propósitos, me senté a dialogar con una amiga. Por la mañana, sin mucha prisa nos citamos al desayuno; puntual, como siempre a no más de 10 kilómetros de su casa, siempre en el mismo lugar. Ella se caracteriza por ser exacta, calculadora, inteligente… en estos tiempos le diríamos “empoderada”. Mucho le he admirado por mucho tiempo y en repetidas ocasiones la he llamado cuando he de tomar una decisión. Por primera vez llegué antes, tal vez como una premonición de lo que quería conversar – ¿Cómo estás? – le dije. Igual que todos los años: con frío, más vieja y con un montón de cosas qué hacer… no dejan de aumentar las responsabilidades, respondió. En cierta parte deseaba ignorarla, no por que su perspectiva me pareciera fatalista, estaba de acuerdo, pero su tema no era precisamente lo que quería pensar en el último día del año. En medio del café negro y la conversación apareció un amigo muy querido, ella no sabía que él también estaba citado a la reunión y su gesto poco amable lo confirmó cuando lo vio entrar. Desenfadado, alegre y aparentemente pasando frío, así fue su entrada. “Nunca nos vemos los tres y deberíamos vernos más”, les dije para romper el hielo y de alguna forma para no desentonar entre todos los clichés y comentarios posibles en un día como hoy. Yo personalmente estaba melancólico, lo normal en este día, pero esta vez era diferente. El día anterior me había pasado un par de horas en la tienda departamental eligiendo el regalo de bodas para una gran amiga de la infancia y no podía dejar de pensar ¿en qué momento llegamos aquí? Se siente normal pero desgastante de alguna forma… Creo que esperaba que mis amigos me dieran un poco de claridad al respecto. -El tiempo, siempre va a ser el tiempo… pasa el tiempo y crecemos, es lo que nadie te dice de cambiar de año: que eres más viejo, que la cuenta es regresiva y no ascendente, dijó ella. -Por favor, hemos cambiado, somos mejores, somos un reflejo de nuestros años; lo que nos da vida es eso que nos da alegría, dijo él, obviamente. Uno a uno hicieron sus comentarios, ni en el debate presidencial noté tantos argumentos. Quería detenerlos, explicar mi punto. Algo me decía que hemos cambiado, que ese era el ángulo, que lo mejor de avanzar era reconocer que estamos juntos, que estamos aquí. Sin embargo, no dejaba de pensar en el peso que cae al cambiar un día el calendario, como el tiempo cada vez me pesa más. -Bueno ¿y tú qué dices? Y derrepente un silencio apagó las velas, realidad inminente, retórica inevitable. Levanté la mirada, sólo así, ahí, aquí, ahora: cómo hemos cambiado.
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