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Los superhéroes siempre son poderosos, sobre naturales y sorprendentes.

Los superhéroes no dejan de luchar, aún cuando los problemas no den tregua. Luchan todas las batallas, incluso las que los hacen dudar, o las que parecen imposibles.

La magia del superhéroe es esa, que nunca dejan de serlo.

Sin embargo, no es fácil ser un superhéroe, la verdad es que luchan mucho y no siempre ganan y justo esa es la parte de la historia que nadie cuenta…

¿Quién no quisiera ser un superhéroe? Hacer de todo, tener el poder de hacerlo todo, pero sobre todo, siempre ganar y aquí vamos otra vez…

Entonces nos armamos de valor, de coraje, de adrenalina, emoción y de todas estas cosas a las que les hemos dado tanto poder en nuestro cuento. Queremos controlarlo todo, cuando la realidad es que todo cambia, el mundo gira y la verdad, todos estamos un poquito rotos.

La neta, es increíble saltar y no saber que va a pasar, no tener idea de nada; es liberador, deberías intentarlo. Saltar en serio, luchar muchísimo, lo que sea que venga y cuando venga, pero sobre todo, asimilar la idea de que no vas a romperte si la batalla no es lo que esperabas.

Si un día saltas y pierdes un ala en el vuelo, si lo pierdes todo y cambias o te equivocas, aún cuando sientas perder tu super poder, no dejarás de ser un héroe, por que todavía estas tú.

Si la vida le da poder a una batalla incansable y lo pierdes todo, recuerda que tu corazón y tus motivos son los mismos, un poco golpeados o diferentes, pero aunque todo cambie, vas a ser un superhéroe.

No vamos a ganar todas las batallas, pero no vamos a dejar de luchar, no vamos a dejar de ser y ahí esta la magia.

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Estaba pensando en los grises: los tonos intermedios,  las medias tintas… todo eso que no es ni blanco ni negro, como le quieran llamar.

Dicen que todos tenemos un lado del cerebro racional y uno emocional y que cada uno de nosotros, podría alinearse más con un hemisferio que con el otro. De esta premisa se desencadenan los habilidades que se nos facilitan, las temáticas que más nos interesan y los pasatiempos a los cuales somos más afínes. Durante un tiempo quise descubrir cuál era el hemisferio al que más me alineaba; naturalmente, mi instinto me decía que debía ser el emocional, no es ningún secreto que me he autoproclamado como un tipo “emocional y vago de ideas”, sin embargo, en este proceso también pude reconocer que muchas de mis reacciones, mi trabajo y mis decisiones, son un tanto, muy, racionales y metódicas ¿No creen?

Fue por eso, y dado que me encanta nombrar y enumerar mis responsabilidades y libertades autoproclamadas, decidí que yo estaba justamente en el medio, en los grises, muy lejos del blanco o el negro, en un lugar donde cada situación la evalúo y actúo (o no) consciente de mis emociones y pensamientos. Muuuuuy complicado, ya lo sé,  pero a la vez muy honesto, así me parecía.

Entonces pensé sobre los “absolutos”, como a veces somos determinantes y tajantes con tantas cosas, sin considerar en lo más mínimo alguna otra opción…. “Yo nunca haría eso”, “Jamás viajaría ahí”, “Nunca viviría de esa manera”, y la lista puede continuar.

La verdad es que no creo que nada en esta vida sea absoluto, sí, tenemos que enfocarnos y tomar decisiones, eso es definitivo, pero me parece siempre hay un montón de situaciones, circunstancias y alternativas que se pueden y se deben de considerar. Creo que el mundo es infinito, las oportunidades se tienen buscar,  el cielo es el límite y nada debería de ser así, exacto e irrefutable.

No siempre fue así, seguramente yo también fui absoluto en muchas ocasiones y momentos de la vida y ese es el motivo de esta reflexión. Si reconozco un antes y un después, una libertad, emoción, un sacudir los brazos al aire con todo el espíritu de “ estar en donde tienes que estar”, muy positivo, siendo franco. Sin embargo, no logro atribuir a algo en específico esa “visión”  o esa “mentalidad”, en la que considerar y estar consiente es lo más importante para no caer en los absolutos…  ¿Edad? ¿Madurez? ¿Pensar en sobre manera? No lo sé, no lo sé, pero creo que merece toda la pena de comentarse.

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